| En la edición del verano-otoño
de 2001 de la revista On the Beat, una publicación
de la Red de Donantes de Órganos de Nueva York,
su Eminencia el Cardenal Edward Egan, Arzobispo de Nueva
York, escribió que cuando se piensa en el obsequio
maravilloso de la vida que Dios nos ha dado; una de las
mejores maneras de agradecer ese regalo es cuando el individuo
decide ser donante de órganos. Pulse
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En su Encíclica
Evangelium Vitae (Sobre el valor y la inviolabilidad
de la vida humana), Su Santidad el Papa Juan Pablo II
habla acerca de la fascinación que tiene nuestra
sociedad por una "cultura de la muerte".
Exhorta a los católicos y a las personas de buena
fe de todos los lugares a que se alejen de esa cultura
para encaminarse rumbo a la celebración y contemplación
de la gloria de Dios en una "cultura de la vida".
Cuando se me pidió que compartiera lo que pienso
acerca de la importancia de donar órganos para
esta publicación, lo que recordé inmediatamente
fue el Evangelium Vitae. Al pensar en el obsequio maravilloso
de la vida que Dios nos ha dado, parecería que
una de las principales maneras en que un individuo podría
agradecer ese regalo sería tomando una decisión
consciente de donar sus órganos – una decisión
que permitirá la prolongación de la vida
de sus semejantes – y de esta forma, tan real
y tangible, fomentar la "cultura de la vida".
Como Su Santidad lo manifestó, donar órganos
es "un auténtico acto de amor". El
compromiso de una persona en obsequiarle la vida a otra
refleja lo fundamental en que se basan las lecciones
de Cristo y la teología de nuestra iglesia. Como
nos dice San Juan: "Porque de tal manera amó
Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito
para que todo aquel que en Él cree no fallezca,
mas tenga vida eterna". (Evangelio de San Juan
3:16). Al donar conscientemente los órganos de
su cuerpo, la persona actúa de la misma forma
en que lo haría Cristo – infundiéndole
vida a la humanidad.
La Iglesia católica considera que la donación
de órganos es una obra de caridad. Las directrices
éticas y religiosas para los servicios médicos
católicos, un conjunto de principios que sirven
de guía a la Iglesia en su misión curativa,
explican muy claramente la permisividad de las donaciones
de órganos. En la Directriz No. 30, leemos que
"el trasplante de órganos procedentes de
donantes vivos es moralmente permitido cuando tal donativo
no sacrificará ni afectará negativamente
ninguna función esencial del organismo, y el
beneficio previsto para el receptor está en proporción
con el daño al donante...". De la misma
manera, las Directrices No. 63-66 dicen lo siguiente
acerca de la donación de órganos. Directriz
No. 63: "Las organizaciones católicas que
prestan atención médica deberían
fomentar y proporcionar los medios para que las personas
que deseen tramitar el donativo de sus órganos
y tejidos del cuerpo puedan hacerlo con fines éticamente
legítimos, de modo que puedan ser utilizados
para donaciones e investigación científica
después del fallecimiento". Directriz No.
64: "Tales órganos no se deberán
extirpar hasta que se haya dictaminado la muerte del
paciente. Para prevenir cualquier conflicto de intereses,
el médico que determina la causa de la muerte
no debería formar parte del equipo de trasplante".
La donación de órganos de una manera moralmente
aceptable, al término de la vida, brinda los
regalos de salud y vida a las personas más vulnerables
y, a veces, desesperanzadas. Es una de las muchas posiciones
en favor de la vida que puede asumir una persona con
el propósito de fomentar una cultura que valora
la vida en nuestro mundo.
En cuanto a los criterios que definen una "manera
moralmente aceptable", es indispensable que el
trasplante de órganos ocurra en un contexto de
amor y respeto por la dignidad del ser humano. Desde
luego que existen parámetros para determinar
cuándo y cómo deberían donarse
los órganos. La Iglesia opina que los órganos
trasplantados nunca deben ser ofrecidos para la venta.
Hay que regalarlos por amor. Cualquier trámite
que comercialice o vea los órganos como algo
permutable (osea que se pueda intercambiar o canjear)
o negociable es moralmente inaceptable. La decisión
de quién tiene prioridad para el trasplante de
un órgano tiene que ser basada únicamente
en factores médicos, sin tomar en consideración
la edad, el sexo, la cultura ni la clase social del
individuo, ni ningún otro criterio semejante.
Además, es sumamente importante que se obtenga
el consentimiento informado con conocimiento de causa
por parte del donante y (o) de sus representantes legítimos,
y que los órganos vitales de los que sólo
exista uno en el cuerpo se extirpen únicamente
después de que la muerte absoluta (el cese total
e irreversible de toda actividad cerebral) haya ocurrido.
Como observara el Papa Juan Pablo II en el Evangelium
Vitae: "Existe un heroísmo cotidiano, compuesto
de gestos y compartimientos, que forja una cultura de
la vida auténtica. Un ejemplo particularmente
digno de ser elogiado de tales gestos es la donación
de órganos de una manera moralmente aceptable".
Es en pro del progreso de la humanidad, por amor al
prójimo, que se llevan a cabo las donaciones
de órganos. Una de las maneras en que el individuo
puede demostrar su amor al prójimo es tomando
la decisión informada con conocimiento de causa,
de donar sus órganos. |